Hace mucho tiempo había una raza de perro conocida como mastín de los Alpes. Dicen que podrían ser los descendientes de los enormes perros que acompañaban a las legiones romanas destinadas a la protección de los puntos estratégicos en las vías de comunicación del Imperio. Eran enormes perros boyeros, es decir, dedicados sobre todo al cuidado de la ganadería bovina. Desde mediados del s. XVII los nombres “mastín de los Alpes” y “San Bernardo” se confunden, sin embargo, los nietos de aquellos mastines, los actuales San Bernardo han cambiado mucho con respecto a sus abuelos y el mastín de los Alpes se puede considerar extinguido.

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La descendencia que se mantuvo en el hospicio del Gran San Bernardo fue significativamente alterada por otras razas como el dogo del Tíbet, el terranova o el Gran danés. Fue por lo tanto aquí, en la frontera entre Suiza e Italia, a 2.469 m., en el hospicio para peregrinos fundado por los trapenses, donde nació el San Bernardo. Los primeros documentos que testimonian su presencia datan de mediados del s. XVII.

Desde el principio fueron utilizados como perros de guardia, para transporte de pequeñas cargas e incluso como fuerza motriz. Aunque, sin duda, han sido sus labores en la montaña las que los han hecho famosos. Se empleaban para abrir pista en la nieve fresca, prever las avalanchas y encontrar a los viajeros perdidos.

Existen numerosas crónicas que narran las muchas vidas que han salvado en la montaña. Los relatos de los soldados napoleónicos extendieron su fama por todo el mundo.

El más famoso de todos los San Bernardos es Barry, que vivió de 1800 a 1814 y logró salvar más de 40 vidas. Su cuerpo embalsamado se conserva en el museo de Historia Natural de Berna. Desde su muerte, el mejor macho de cada camada del hospicio toma el nombre de Barry. Desde ese momento además, en lugar del término mastín de los Alpes se empezará a usar el de chien Barry hasta que, en la segunda mitad del siglo, se confirme el actual de San Bernardo.

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El San Bernardo es un gigante bueno, fiel, sociable, determinado y equilibrado. Napoleón era así. Llegó inesperadamente a mi casa. Se lo ofrecieron a mi padre en una perrera donde lo conocían. Fue amor a primera vista. Al principio, impresionados por la talla, lo llevaron a la casa de campo. Sin embargo nunca se acostumbró a vivir con Pedro, el mastín leonés que tenían mis padres, y no tardó en mudarse al apartamento de la ciudad. En una de las muchas escaramuzas que tenían, Pedro le había herido en la cabeza. La herida se infectó y Napoleón estuvo a punto de no contarla. Fue un verano difícil, apenas se movía ni comía, parecía como si se estuviera apagando poco a poco. Mi hermana que es enfermera y tiene un corazón grande como una casa lo acudió en todo momento. Cuando nosotros llegamos ya estaba un poco mejor. La presencia de los niños y el bullicio de la casa parecían sentarle bien. Al final del verano ya estaba casi recuperado. Creo que fue él quien nos adoptó a nosotros. Se convirtió en uno más de nuestra numerosisima familia. Era hermoso verle con sus 100 kg caminando al lado de mi madre de casi cincuenta. Toda la ciudad lo conocía. En las grandes ocasiones, cuando se juntaba la familia, nos mantenía cerca como si fuéramos un rebaño. Los niños le adoraban y le hacían perrerías que él soportaba estoicamente sin quejarse. Todos le adorábamos. Nos dejó en Navidades. Una enfermedad fulminante del pericardio se lo llevó. Fue un golpe muy duro, sobre todo para mis padres y mi hermana pequeña que vivían con él. Era rarísimo ir de visita y no encontrarlo tumbado en mitad del pasillo. Siempre le echaremos de menos, aun cuando en la próxima visita nos encontremos con Nerón tumbado en cualquier lado.