Hace tiempo que en la red circulan artículos, más o menos creíbles, sobre los presuntos o no beneficios de la cerveza. Algunos de ellos exaltan las cualidades del producto hasta el punto de convertirlo en milagroso. Si tomas cerveza no sólo no engordas sino que además adelgazas y te vuelve a crecer el pelo. Otros, un poco más comedidos. La cerveza por sus óptimas cualidades de bla, bla, bla. La mayoría son demasiado categóricos y hacen pasar por absolutas lo que son tan solo verdades a medias.
No nos olvidemos que la cerveza es siempre una bebida alcohólica y por lo tanto desaconsejable para un deportista. Pero por otro lado presenta innegables propiedades nutritivas. De hecho, se bebía ya en Mesopotamia en el quinto milenio a. C. y durante la Edad Media se la conocía como el “pan líquido”. El problema es que la fermentación, cada vez menos natural, hace que se pierdan gran parte de sus beneficios. Por este motivo sería aconsejable optar por cervezas crudas o artesanales, de fermentación natural.
Parece en definitiva, según un estudio de la Universidad de Granada, que después del esfuerzo físico prolongado y, gracias a la vitamina B, las sales minerales y el potasio, la cerveza sea un óptimo integrador de azúcares y sales. Es decir que esa cerveza que nos tomamos en el refugio tras una jornada de esquí, a la vuelta de una marcha o de una escalada, no solo nos la hemos ganado sino que además es beneficiosa. (Por si alguien tuviera dudas). Pero sin pasarse. La cantidad máxima aconsejada es de medio litro para los hombres y un cuarto para las mujeres.
Me imagino que, como todo en esta vida, es cuestión de equilibrio así que, salud y buena montaña para todos.

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